Filocafé: el concepto y la figura: encuentros y desencuentros
- Víctor Hugo Galván Sánchez
- 20 nov 2025
- 2 Min. de lectura
En esta primera sesión del año 2014, nos proponemos reflexionar sobre una distinción fundamental que ha atravesado la historia del pensamiento occidental: la tensión entre el concepto y la figura. No pretendemos agotar la discusión, sino más bien situarla en el contexto de dos formas de aproximación a la experiencia humana: la filosofía, cuyo núcleo podría identificarse con el concepto, y la poesía, que parece gravitar en torno a la figura.
Como señaló Gilles Deleuze, antes del surgimiento de la filosofía existieron los sabios, poetas que encarnaban un saber totalizante. El sabio poseía respuestas; el filósofo, en cambio, se caracteriza por tener preguntas. La filosofía nace con la conciencia de la ignorancia, lo que impulsa la indagación y la búsqueda de fundamentos. Esta diferencia inicial sugiere una oposición: la poesía como expresión de la subjetividad, y la filosofía como aspiración a la objetividad.
La figura se despliega en el terreno de lo estético, lo bello y lo sublime. Es polisémica, ambigua, y no busca fijar un sentido único, sino evocar, sugerir, interpretar. La poesía, a través del lenguaje figurado, construye sentidos que exceden lo literal. El concepto, por su parte, aspira a la precisión, a la definición unívoca. Su objetivo es aprehender la cosa en su significado, despojándola de ambigüedad. La filosofía, desde sus inicios, ha buscado establecer un vínculo claro entre el lenguaje y la realidad.
Aristóteles distinguió varios tipos de conocimiento, entre ellos:
La téchne (saber hacer),
La phrónesis (saber ser),
La episteme (conocimiento racional y fundamentado).
La lógica silogística de Aristóteles vino a consolidar un modo de pensamiento objetivo, basado en la razón y no en la emoción o la suposición. Este modelo pareció asegurar, por un tiempo, la posibilidad de un discurso filosófico libre de subjetividad.
Sin embargo, esta confianza en lo objetivo se vio cuestionada por pensadores como: Nietzsche, quien afirmó: “No hay hechos, sólo interpretaciones”. Wittgenstein, quien en su Tractatus señaló que lo más importante de su obra era justamente lo que no estaba escrito, lo que yace como figura detrás del texto. Estas posturas reintroducen la hermenéutica en el corazón mismo de la filosofía, y con ella, la inevitabilidad de la interpretación
Como expresa Jaime Labastida en El verso y el juicio, el enunciado filosófico sigue la estructura “S es P”, buscando la máxima precisión. En cambio, el verso poético es polisémico, excedente de sentido, y se resiste a toda codificación unívoca. Platón, consciente de este exceso, expulsó a los poetas de su República por considerar que deformaban la realidad. La poesía es música, voz, metáfora; el concepto, en cambio, es resultado de un análisis riguroso, una unión casi matemática entre sujeto y objeto.
La tensión entre concepto y figura no es solo una oposición entre filosofía y poesía, sino que se manifiesta en dualidades más amplias: positivismo y hermenéutica, materialismo e idealismo, ciencia y arte. Esta discusión tiene muchos nombres, pero no tiene fin. Invita, más bien, a una reflexión permanente sobre los límites y posibilidades de nuestro lenguaje y nuestro pensamiento.

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